CUANDO CASI DESAPARECIERON LOS MORRACHES

Es una suerte y una riqueza que en Malpica se haya conservado una tradición tan antigua como los Morraches de San Sebastián; y que hasta hoy mantenga todo su vigor capaz de congregar a todo el pueblo: creyentes y no-creyentes. Los creyentes por su fe y su devoción al Santo, al que consideran su abogado y protector; y los no-creyentes arrastrados por el magnetismo colectivo de unas expresiones populares que nacieron para celebrar las energías de la naturaleza y los procesos básicos de la vida. En el fondo, fuerzas que condicionan y encauzan nuestra existencia, ya pensemos que son solo naturales, ya creamos que están regidas desde lo sobrenatural.

Pero también en Malpica los Morraches estuvieron a punto de desaparecer, como sabemos que ocurrió en otros pueblos vecinos (San Martín, Carpio,…)

Muchos lo habréis oído contar; es tradición oral. A mí me lo narraron varias personas que lo vivieron y que me merecen absoluta credibilidad. Sus versiones difieren en algún detalle, pero coinciden en lo esencial:

Sucedió hacia los años 1950, cuando un párroco cuyo nombre no recuerdo, anterior a D. Alberto, decidió acabar con los Morraches. El buen cura tenía sus motivos, pues ocurrió que un año vino el obispo de la diócesis para la fiesta y algunos Morraches no tuvieron mejor ocurrencia que hacerle objeto de sus típicas burlas, y parece ser que cuanto más se enfadaba el prelado, más disfrutaban los Morraches dándole la badila.

El pobre párroco, que tendría que sufrir la indignación episcopal, consideró que aquello había sobrepasado todos los límites del respeto a la jerarquía, y decidió acabar con los Morraches; o bien se lo exigió el obispo, que eso nunca lo sabremos.

Y el año siguiente, llegado el día de Reyes, cerró bajo siete llaves la dependencia parroquial donde se guardaban los trajes y no permitió que nadie los utilizara. Las pocas personas del pueblo (si alguno había) que tuvieran su propio traje, no quisieron enfrentarse al párroco. Lo cierto es que ese año nadie subió a la ermita vestido de Morrache entre el 6 y el 18 de enero.

Ya se daba por liquidada la tradición de los Morraches. Llegó el día de la víspera y el pueblo se congregó como siempre en la ermita para bajar al Santo, pero todo aquello resultaba muy soso y deslucido; faltaba algo. Faltaban el colorido, el ruido y el regocijo de otros años, y se veía a la gente como triste y expectante.

Pero apenas la imagen traspasó el umbral de la puerta…  brotó de repente el estruendo atronador de los cencerros y surgió de la nada un tropel de Morraches que habían permanecido escondidos tras la tapia del cementerio y que comenzaron a rodear al Santo con el homenaje de sus gandarras y cachiporras.

Resulta que durante aquellas dos semanas sin Morraches la gente había ido adquiriendo telas. Y las mujeres del pueblo (nuevas protagonistas del mito de Penélope a la inversa) habían confeccionado los trajes robándole horas al sueño noche tras noche.

Así me lo contaron, y así lo cuento.

Hasta entonces, los Morraches habían logrado superar obstáculos y prohibiciones a lo largo de siglos (en Carpio, por ejemplo, se prohibieron en 1786), gracias seguramente a haber sabido fundirse en la festividad religiosa. En aquella ocasión, fue la firme determinación del pueblo y su inteligente astucia lo que permitió que esa tradición ancestral no se perdiera y que haya llegado hasta nosotros viva y vigorosa. 

Paco Corral                                                                                                                                      (25/1/2021)

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