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EVOCACIÓN Y NOSTALGIA DE NUESTRO RÍO EN VERANO

En mi reciente entrada sobre EL MURO era inevitable que asomara el recuerdo de aquellos veranos en el Tajo. Y ello me empuja, por esta vez, a dejar de lado el dato frío y riguroso de la Historia para entrar en la cercanía, subjetiva y personal, de lo vivido en la infancia.

Y es que nuestro río en verano era una fiesta de luz y de sol, animada por el jolgorio de los niños, el vocerío de las madres y la vitalidad expansiva de los jóvenes. La playita, junto al puente, estaba a veces tan concurrida como una playa de moda. Y venían autobuses con excursiones domingueras a bañarse a nuestro pueblo.

Había también otras zonas de baño en puntos de fácil acceso desde el pueblo, como el Peñón o la Fuente. Pero donde todos se reunían era bajo el puente.

En mis primeros recuerdos todavía las mujeres se bañaban, en bata, río arriba del puente; y los hombres río abajo. A los niños nos pertenecía la islilla, pero sin acercarnos a la cepa o al remanso, que ahí ya cubría; y mucho menos al muro, lugar en el que convergían las más firmes advertencias de nuestros padres y nuestros más fuertes deseos de transgresión. Cruzar al muro tenía algo de rito de iniciación, y venía a ser para todos los niños del pueblo algo así como el certificado público de hombría.

"¡No cruces al muro, que ahí cubre mucho!... ¡Como te ahogues, vas a ver con padre!" dicen que le decía un niño a su hermano mayor.

 

1

Pasado el mediodía, con el sol ya alto, la islilla se llenaba de madres vociferantes, desgañitándose con una toalla desplegada por delante como un capote torero, intentando sin ningún éxito que sus hijos salieran del agua y jurando a gritos que mañana no volverían a venir. Pero el día siguiente, a la misma hora, volvíamos a ver a las mismas madres, en idéntica pose torera, volviendo a perjurar a los mismos niños, esta vez muy en serio, que mañana ya sí que no venían.

 

2

Había un día particular en el que esa costumbre se quebraba: el 22 de julio, día de la Magdalena. Ese día, la playita del río permanecía desierta y vacía, en un silencio extraño e inquietante. Y si algún despistado salía de su casa, toalla al hombro, y se dirigía caminando hacia el río, enseguida alguna vecina se asomaba a la puerta y, apartando la cortina, le gritaba: "¿A dónde vas? ¿No sabes que hoy es la Magdalena? ¡No vayas al río, que te vas a ahogar!".

Y, claro, ante semejante advertencia, te acojonabas y te volvías a tu casa.

En la tradición popular, La Magdalena era una especia de bruja de las aguas que te agarraba y te llevaba al fondo del río, o de los pozos si te asomabas mucho.

 

3 

Jóvenes y adolescente exhibían su belleza física con esa tensión fascinante entre el pudor y el descaro. Bajo el puente, el arenal que descendía hasta el borde del agua se llenaba de espectadores sentados, como en el graderío de un estadio, que contemplaban con admiración y deseo los cuerpos de las jóvenes bañistas. Y muchos guardarán en el fondo de su retina la imagen del primer bikini que llegó a Malpica, aquel glorioso bikini amarillo de Juanita.

4

El bosquecillo próximo ofrecía un perfecto vestuario vegetal. Y un poco más allá, junto a los restos de la casa de la barca, un water natural y agreste, bien protegido entre las atalfas.

Los caminos del río eran transitables, como sus orillas.  Y no estaban comidos por la maleza, ni cortados, ni cercados, ni vallados, ni alambrados; como tampoco los del arroyo.

Claro que entonces el río era un río, y lo que corría por él era agua; y no ese líquido turbio, sucio y espeso que hoy baja por su cauce.

Paco Corral                                                                                                29/9/2022

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